Preludio a una revolución conservadora

Preludio a una revolución conservadora

El pasado mes de noviembre nos sorprendió -aunque no debería habernos sorprendido- el escrache que grupos ultraconservadores realizaron a la filósofa estadounidense Judith Butler en Sao Paulo, Brasil. Los fanáticos fueron a su encuentro en el propio aeropuerto donde pasaron un largo rato increpándola sin que esta tuviera ningún tipo de seguridad, aparte de su propio acompañante. Butler no viajó a Sao Paulo para hablar sobre identidad de género, sobre feminismo o sobre LGTB; viajó para hablar de política, en una conferencia sobre los retos actuales de la democracia. Pero eso no impidió que desde semanas antes los instigadores de este acoso recogieran más de 300.000 firmas contra su presencia en Brasil por considerarla la principal cabecilla de la “ideología de género” y acusándola de promover la pedofilia y la zoofilia. Finalmente la conferencia pudo realizarse entre los gritos a favor y en contra de la filósofa, donde se llegó incluso a quemar un muñeco que simbolizaba a Butler con forma de bruja.
El episodio en sí mismo no tendría por qué ser especialmente importante (una más de la extrema derecha internacional) si no fuera porque no responde a un hecho aislado. Solo en Brasil en los últimos meses estos grupos han conseguido grandes victorias públicas contra actividades y eventos artísticos o académicos relacionados con cuestiones de género y LGTB. Podría parecer que se trata de una cuestión regional nítidamente explicable desde la profunda capilaridad social que tiene el catolicismo (entendiendo este como catolicismo político) en el marco de América Latina. Sin embargo, existen indicios que nos permiten ver que no se trata de un elemento aislado o que tenga el mismo significado estructural que las reacciones conservadoras que históricamente hemos visto contra los avances y la visibilidad feminista y LGTB.
No es descabellado pensar que nos encontramos en la antesala de una revolución conservadora y regresiva a escala internacional que afectará de manera determinante a los avances y progresos en materia de género y derechos sexuales de nuestras sociedades. Decir esto no es ser catastrofistas ni halagüeños en un momento en el que parece que los derechos LGTB y de género así como su visibilidad están en alza, conquistando leyes, reconocimiento y avances día a día. Es precisamente por esto por lo que debemos comenzar a pensar en la posibilidad real de que se está articulando una reacción conservadora, como un corrimiento de tierras a nivel cultural, que prepara un nuevo escenario político para el futuro. Como es de esperar, la cuestión LGTB y feminista no está exenta de la influencia que tiene la geopolítica y los procesos económicos y culturales globales, siendo un factor cada vez más influyente dentro de este marco.

La crisis civilizatoria

Hace casi cien años el filósofo judío-alemán Edmund Husserl escribió La crisis de las ciencias europeas, donde denunciaba la separación existente entre el progreso técnico y el progreso en materia ético-moral, que se traducía en una crisis política (que en su época era el nazismo) y, por tanto, en una crisis civilizatoria. Desde la epistemología pretendía transmitir unas enseñanzas políticas y culturales, que orientaran el quehacer social de su tiempo a la vista de un oscuro panorama que más tarde se vería trístemente confirmado. Más tarde, sus valores humanistas contribuyeron humildemente para la refundación del marco de orden mundial que saldría de la paz post-Yalta y, especialmente, para el nuevo sistema político occidental basado en el Estado del bienestar, el pactismo social, el capitalismo de rostro humano y el consumismo.
Tras el derrumbamiento del Bloque socialista y con el neoliberalismo en plena expansión los valores occidentales y anglosajones de progreso social, libertad individual y económica, derechos humanos, racionalismo y democracia parlamentaria se convirtieron en el dogma político y cultural del proyecto político que había triunfado en la Guerra Fría. La barbarie que siempre se ha escondido detrás de esta ilusión es bien conocida pero, sea como fuere, esta idealización de los valores occidentales caló lo suficiente para justificar ideológicamente proyectos económicos como la Unión Europeo que comenzó a dar pasos para pasar de ser una alianza económica a ser un ente político supranacional a la altura del nuevo marco mundial que se había fraguado.
Las instituciones internacionales que supuestamente habían de velar por la paz, coordinando los intereses de todas las naciones del mundo no eran, como sabemos, más que el instrumento del imperialismo occidental (norteamericano y aliados) para hacer y deshacer a su antojo. En los 90, con una Rusia vencida, tratando de no derrumbarse internamente, y con unas potencias emergentes aún demasiado poco emergentes, el imperialismo occidental pudo llevar a cabo su proyecto político: la Globalización. Este proceso tuvo diferentes patas en las que apoyarse. No hubiera sido posible sin mantener un arma de amedrentamiento y dominación militar a escala global como fue la OTAN, ya sin oposición tras la desaparición del Pacto de Varsovia. Tampoco sin el avance en los medios técnicos que en buena medida puso la Guerra Fría de conocimiento y expansión por todos los rincones del mundo, en materia de transporte o telecomunicaciones. No sin la apertura de nuevos mercados en países emergentes, ahora capaces de consumir mercancía global así como de producir más barato que en los países occidentales. Hay que comprender que hasta entonces la lógica colonial había sido emplear las colonias como productoras de materia prima para que las empresas nacionales pudieran producir mercancía más cara en los estados de origen. Con la Globalización y la deslocalización esto se rompe y las compañías dejan de ser nacionales y pasan a ser multinacionales en la medida en que el sistema político, económico y de seguridad mundial les facilita ese espectro de negocio.
Las consecuencias sociales de este proceso las conocemos, aunque muchas de ellas aún hoy las estamos descubriendo. La deslocalización depauperó cruelmente a las sociedades antes coloniales, generando unas condiciones laborales y sociales propias de la industrialización del siglo XIX. Este mismo fenómeno supuso el debilitamiento de las economías occidentales que, aunque en algunos casos mantuvieron cierto vigor industrial, se vieron fuertemente mermadas y sufrieron un proceso profundo de terciarización. Esto no tendría por qué ser especialmente negativo si no fuera porque inició el proceso del fin del proletariado industrial tradicional (y sus formas habituales de acción política y cultural) y ante la alta probabilidad de crecimiento del paro trajo la precariedad bajo la ideología neoliberal del emprendimiento y la flexibilidad laboral. Pero esta vez en un panorama postfordista en el que las formas de agregación político-social ya no estaban en el centro de trabajo.

En el Estado español y en Aragón en concreto todo este proceso estuvo acompañado por un vaciamiento poblacional del medio rural, fruto del nulo interés de las élites centrales por el desarrollo territorial. La lógica de la oligarquía siempre fue la del saqueo y, en última instancia, la de hacer pasar su rango de actuación de capital nacional a capital internacional. La falta total de proyecto de país impulsó un vaciamiento irreversible del mundo rural que generó grandes desequilibrios y profundos problemas sociológicos en los que hoy nos encontramos y que tendrán su relevancia a la hora de hablar de políticas LGTB y género.

En cualquier caso los valores de avance social y cultural europeos sirvieron a las élites globales como justificación ideológica para su nuevo imperialismo, que esta vez tenía un profundo componente anglosajón de no tratar de conquistar militarmente sino comercialmente. La teoría del sistema-mundo que desarrolla Immanuel Wallerstein sirve bien para ejemplificar el funcionamiento global de un marco económico que tiene, por supuesto, su correlato político, cultural y social adaptado al tema que nos ocupa en este artículo.

Todo este marco estructural es el que ha entrado en crisis en los últimos años, primero fruto de una crisis económica global que afectó especialmente a países occidentales y que irremediablemente supuso un crecimiento en la inestabilidad política a nivel global. La crisis económica tiene su origen en el agotamiento de la economía especulativa y globalizada que había sido y sigue siendo el principal marco de intercambio y enriquecimiento para las élites globales. Se trata de un proceso de acumulación procedente de este tipo de economía que genera contradicciones entre los capitales nacionales e internacionales con graves consecuencias para las poblaciones y las clases populares. La pugna entre los capitales internacionales y nacionales, enfocadas en la cuestión de las privatizaciones y la desregulación, por la soberanía de los estados es la mejor muestra del agotamiento del modelo o del sistema-mundo que se estableció tras la II GM. Esta contradicción se ha llevado por delante los derechos sociales y laborales así como el Estado de bienestar que aparecen únicamente como efímeras conquistas dependientes de un periodo histórico que ya ha pasado. Pero esto no significa que las grandes élites cosmopolitas no sigan utilizando los valores occidentales como principal marca para su proyecto económico-político: su hipocresía se evidencia bien en el trato que la UE hace de personas refugiadas o de conflictos internacionales, que no evita que sus élites enmascaren su vileza tras un halo de supremacismo eurocéntrico en base al progreso cultural del que hacen gala.

Si se puede hablar de una crisis civilizatoria es porque este proceso económico-político ha ido acompañado por un agotamiento intelectual y una crisis de valores que tiene mucho que ver con esa hipocresía creciente (en forma de contradicción) a la que me refería antes. La adecuada crítica a los valores de la racionalidad europea, la superación del espectro teórico estructuralista y la entrada en un marco de pensamiento donde lo indeterminado, lo contingente, lo inesencial, el cambio y lo líquido son la moneda común parecen contribuir a esta crisis civilizatoria que tiene también una dimensión académica e intelectual, en el terreno del pensamiento y del análisis.

Todo esto no viene sino a confirmar la sustancial crisis de valores y de identidad ideológica en la que se encuentran las sociedades occidentales: sin un rumbo claro ni ninguna fuerza capaz de capitalizar esta desesperación existencial ante la indeterminación. Los condicionamientos económicos y culturales de varias generaciones, ante los rápidos cambios en las formas de socialización e interacción social, no hacen sino afianzar este proceso. Todo es fugaz y nada parece claro, la vida millenial es sustancialmente diferente a la de sus padres, quienes aún obtuvieron algún rasgo de permanencia. Y mientras las nuevas generaciones serían incapaces de anclarse a un trabajo fijo no hacen sino confirmar la victoria cultural de un neoliberalismo que no solo ha determinado su precariedad laboral sino también su propio autoconcepto personal y proyecto de vida, incapacitándoles para luchar políticamente para conseguir unos objetivos claros.

Este agotamiento cultural del marco de valores y pensamientos occidentales y europeos son leídos por los sectores conservadores como una crisis civilizatoria. La idea de una crisis civilizatoria es problemática y relativa, requiere de muchas matizaciones; pero los sectores conservadores no dudan en emplearla para sus propios fines políticos. Su interpretación es en clave moral, pretendiendo dar respuesta a la orfandad de sentido ético común a nuestras sociedades. Y es por ello que claman por una crisis civilizatoria que no es otra cosa que una crisis de valores, dentro de cuya lógica “alguien” se está encargando de destruir los elementos tradicionales que cohesionaban la sociedad. Creo que no se puede negar la existencia de esa crisis general (y es civilizatoria porque afecta especialmente al centro de poder que es Occidente), lo que está en disputa es el sentido, el origen y, en consecuencia, la solución para superarla. En qué clave y qué salida se le dará, si reaccionaria o progresista desde el punto de vista de los y las oprimidas.

Los sectores conservadores no piensan en esta crisis como consecuencia del agotamiento y contradicciones del sistema-mundo actual sino como obra de un plan malvado para destruir la civilización que ellos han conocido y defienden. Y aquí es fundamental entender que cuando hablamos de sectores conservadores no nos estamos refiriendo necesariamente a las élites globales de capital internacionalizado sino a las fuerzas nacionales reactivas que en este periodo pueden también oponerse a la Globalización. De ahí la importancia de comprender la fragmentación en el seno de la burguesía que hoy opera y divide a capitales nacionales e internacionales y cuya contradicción nunca había sido tan aguda. Esa separación hace que los nacionales precisen de un rearme ideológico que dé justificación ideológica a su proyecto reactivo. Y esto solo lo pueden encontrar en la oposición a los valores progresistas y cosmopolitas que cínicamente representan las élites neoliberales de capital internacional.

El pinkwashing en la ideología del imperio

Hace no mucho tuve la oportunidad de visitar por cuestiones políticas el Parlamento europeo. Allí, mi grupo y yo decidimos realizar un sencillo experimento para saber cuántos hombres que tienen sexo con hombres se encontraban entre aquellas paredes. Para ello utilizamos una conocida aplicación para encuentros homosexuales que funciona por geolocalización y lo cierto es que nos sorprendió el elevado número de usuarios que encontramos (y todo ello sin contar aquellos que no la usarían o no la tendrían activada). La anécdota podría parecer no tener mayor recorrido si no fuera porque, en esencia, demuestra la presencia activa de miembros de las minorías LGTB dentro de los centros de poder internacional. Quizá todavía no seamos conscientes de que “los nuestros” están gobernando y tomando decisiones y que el viejo paradigma de en qué geografías personales cae el poder comienza a sufrir desplazamientos. No es que el varón blanco, de clase alta, heterosexual y de avanzada edad no esté en la cima de las élites, que así es de manera hegemónica, sino que comienza a operar un desplazamiento progresivo fruto de la visibilización sexodiversa y la incorporación de la mujer a puestos públicos de poder.

Este hecho se une a una cuestión principal que en los últimos tiempos está teniendo una importancia esencial en el desarrollo de las políticas de reconocimiento LGTB. Con la crisis civilizatoria los valores occidentales parecen haber quedado tocados y en la medida en que esto sucedía, el despliegue ideológico de estas élites venía a rearticularse incorporando nuevos elementos y demandas sociales que antes ocupaban un segundo lugar. Hemos visto cómo este proceso no responde únicamente a la voluntad de las élites de capital internacional sino que también ha venido a incorporarse como un rasgo identitario de los nuevos nacionalismos profundamente eurófobos.

No existe ningún criterio único de acceso de estos elementos nítidamente progresistas al ideario reaccionario y oligárquico y no existe en la medida en que cada territorio y cada región se encuentra en unas coordenadas político-culturales determinadas que inclinan la balanza en uno u otro sentido. Así, podemos ver cómo los derechos de la mujer y de las minorías LGTB han sido caballo de batalla del neofascismo del Frente Nacional en Francia para afianzar el racismo y la xenofobia con renovadas fuerzas. LePen responde a los intereses del capital nacional frente a los internacionales, pero ha sabido leer las coordenadas culturales de la población francesa para emplear hipócritamente elementos progresistas para su populismo nacionalista. No es, sin embargo, una estrategia demasiado alejada de lo que han fomentado las élites europeas y occidentales en general como modelo justificatorio de sus proyectos económico-políticos. Hoy día estos valores progresistas que con tanto esfuerzo se han conseguido sirven como pretexto de estas élites y como valores occidentales que desde su utilización esconden profundas consideraciones etnocéntricas.

Lo que ha venido a denominarse como pinkwashing es el mejor ejemplo de este proceso de incorporación y apropiación de demandas históricas progresistas por parte del poder. Pinkwashing es la estrategia de blanqueamiento de cualquier institución de poder mediante la difusión de una imagen propia en tanto que valedor de derechos y demandas del colectivo LGTB. Como todo lavado de cara esto obedece únicamente a una estrategia de márketing que tiene como objetivo mejorar la imagen pública de un estado, una compañía o una institución. El homonacionalismo forma ya parte de nuestro espectro político y está incrustado no solo en la forma del nacionalismo y el chovinismo de extrema derecha sino que tiene una fuerte presencia social. Lo mismo ocurre en lo relativo a los derechos de las mujeres que junto con el pinkwhasing opera para condicionar la idea hegemónica de que Europa y Occidente son lugares avanzados, donde se ha logrado la igualdad y la tolerancia; frente al resto del mundo, especialmente los países musulmanes, donde no existen estos derechos. No se trata, entonces, más que de una forma más de generar adhesión colectiva de la población hacia las instituciones y proyectos de las élites político-económicas.

Nombraremos el caso extremo de Israel, que es el estado que más uso hace del pinkwashing como método de márketing para generar adhesión. En su caso, trata de combatir la mala publicidad internacional que produce la permanente vulneración de derechos humanos sobre la población palestina, tratando de aparecer como un estado respetuoso con los derechos LGTB, precisamente como seña distintiva frente al pueblo sometido al que se le califica de homófobo. No es otra cosa que la vieja estrategia de los conquistadores que pretenden justificar su acción señalando la barbarie de sus conquistados y su absoluta superioridad moral.

Este tipo de estrategias en general no tratan de conseguir la adhesión únicamente de personas del colectivo LGTB (y especialmente G) sino la de toda la población en su conjunto, en la medida en que al eurocentrismo le gusta verse a sí mismo como culmen de la civilización humana, en sus derechos, libertades y progresos; pese a no compartir las demandas LGTB y ser en muchos casos abiertamente homófobas. De hecho es el cinismo que define precisamente al pinkwashing el que le confiere su verdadero poder, que personas que no respetan en absoluto las demandas y derechos de las minorías sexuales las utilicen para sus propios proyectos imperialistas. Mientras se genera un alto grado de chovinismo progresista de la población occidental, se consigue que esta misma población mire con desconfianza las sociedades donde estos derechos no existirían, encasillándolas en el terreno de la barbarie y, en último término, en la deshumanización. Este proceso contribuye ineludiblemente a que los estados e instituciones occidentales puedan intervenir arbitrariamente y hacer lo que quieran en estos territorios.

En efecto, las libertades y derechos LGTB se han convertido en ideología del poder, algo que parecía impensable hace tan solo un par de décadas. El empleo que se hace en el pinkwashing de las demandas y los derechos de las minorías sexuales es un uso completamente sesgado. Lamina la unidad histórica LGTB y tiene como consecuencia la inclusión de ciertas poblaciones antes marginadas dentro de su propia heteronormatividad. Es por ello que resulta necesario analizar los retos de las políticas LGTB dentro del proceso histórico en el que está incrustado como movimiento.

Al borde de la revolución conservadora

Como hemos visto, existen indicios que apuntan a un rearme ideológico y cultural de los sectores conservadores. Sin duda representan a la ideología tradicional que se ha mantenido en el tiempo asociada siempre al poder y es precisamente esta condición la que ahora se ha derrumbado. En la medida en que el poder ha incluido ciertas demandas LGTB como parte de su programa político histórico, las tendencias más recalcitrantes han perdido parte de la hegemonía cultural que antaño tenían. Ahora bien, el “poder” no es un elemento unívoco, hemos señalado la diferencia existente entre capitales nacionales e internacionales, que representan una cierta fragmentación en la clase dirigente. Podríamos pensar que existen muchas otras fragmentaciones que se dan en el seno de ambas élites y cuyo espectro cultural puede resultar muy variado. En cualquier caso, a rasgos generales se puede pensar que la élite financiera mundial, predominantemente occidental, tiene una tendencia a constituirse como élite cultural cosmopolita, liberal y progresista (con todos los matices de esta palabra).

Quizá el caso paradigmático de esta fragmentación es la disputa cultural que se dió en EEUU en las últimas elecciones presidenciales. La victoria de Trump demostró que las élites culturales y económicas urbanas no siempre tienen las de ganar. Y no porque Trump no represente a esas élites sino porque su personaje y campaña, como producto de márketing, explotó el odio conservador y transversal (en cuanto a clase social) hacia lo que esas élites representan a través de Clinton. Ella era el más fiel reflejo de la oligarquía del capital internacional financiero, dependiente en su totalidad del sistema-mundo ultraliberal e imperialista. No en vano, representaba también los valores progresistas en cuestiones de raza, género u orientación sexual; mucho mejor incluso que su rival directo e izquierdista en las primarias, Berni Sanders.

¿Qué pensaría el votante promedio de Trump acerca de Clinton y los derechos LGBT? Ya conocemos las peculiaridades de la idiosincrasia sociopolítica norteamericana pero de alguna manera sirve como un buen medidor para comprender los procesos en todo Occidente. La respuesta a nuestra pregunta es simplemente que los votantes conservadores de Trump no diferenciarían entre lo que representa Clinton y el Partido Demócrata y el movimiento LGTB.

Si este ejemplo resulta relevante no es porque el esquema estadounidense sea extrapolable a todas las realidades. Lo es porque señala dónde se posicionan ahora simbólicamente las demandas y los derechos LGTB: forman parte del poder, de esas élites que manejan el mundo. Y poco importa si eso es verdad o mentira, que bien sabemos que no es así, lo principal es que existe una gran parte de la sociedad que así lo considera. Por tanto, se produce una pirueta incomprensible por la que el sujeto históricamente opresor ahora parece estar oprimido y se considera a sí mismo de tal manera.

Lo “políticamente correcto” es una tiranía simbólica para quienes han disfrutado siempre del privilegio de la posición de poder y que ahora ponen este término encima de la mesa. El hombre blanco heterosexual se siente discriminado y apartado porque las políticas de representación no han contado con él. Estamos hablando del marido divorciado que odia al feminismo porque le han quitado a sus hijos y tiene que pagar una pensión. De todos aquellos que se creen que la mayoría de denuncias por violencia machista son falsas. Aquellos que incluso compartiendo valores de izquierda por su condición económica se sienten resignados a no poder decir lo que piensan por miedo a ser tachados de homófobos, machistas o racistas. Hay un orgullo reaccionario oculto, demasiado sufrido sin embargo para las oprimidas, que se manifiesta en la barra de bar, en el aula o en el parque pero que no tiene un espacio público por miedo a ser condenado y perseguido. El desplazamiento cultural que introduce Trump es el orgullo garrulo, arrastrando a todos los que no entienden por qué hay un día de orgullo LGTB y no un día de orgullo hetero. Trump es el orgullo hetero, blanco, cis y masculino que ha salido del armario y no representa más que la primera espita de la reacción histórica frente a los avances que hemos conseguido.

Lo preocupante no es que en Brasil se escrachee a Butler, ni siquiera que exista Trump y tenga seguidores, sino lo que eso supone de manera efectiva sobre las sociedades en las que vivimos. Si me permito hablar de la posibilidad de una revolución conservadora a nivel global es porque creo que ahora se dan las condiciones para que esto ocurra. En una coyuntura histórica en la que comienza a fraguarse, fruto de las contradicciones internas del capitalismo internacional, una fragmentación profunda en el seno de las clases burguesas, comienzan también a generarse sujetos con intereses políticos (oligarquias nacionales excluidas del proceso de acumulación globalista) que necesitan de un programa ideológico conservador que les viene como anillo al dedo: volver a las tradiciones, a ser lo que éramos, al capitalismo productivo, a la burocracia estatal y a los valores católicos y familiares. Estos dos elementos, bien hilados en la composición preventiva de Trump, suponen el caldo de cultivo perfecto para la generación de populismos moralmente reaccionarios que igual que ponen el foco en la inmigración pueden ponerlo en los derechos sexuales y de género como causa del mal que vivimos y del derrumbe civilizatorio. El dedo acusador del nacionalismo buscará un pharmakos para restituir la imagen de la gloria perdida y las minorías sexuales tienen todas las papeletas para cumplir esa función.

Pero esto nos dice mucho también de cómo se ha constituido en los últimos años y décadas el movimiento LGTB. No se puede pensar que este, y en concreto alguna de sus minorías, carece de responsabilidad en cuanto a la posición simbólica y el riesgo histórico en el que hoy nos encontramos. Una de las principales cuestiones a la que se ha de prestar atención de manera autocrítica es a la existencia del llamado gaypitalismo o capitalismo rosa que ha determinado en las últimas décadas la manera en que se producía la llegada de lo LGTB al ámbito público. La consecuencia principal de la existencia y hegemonía de este gaypitalismo en el movimiento LGTB es que ha convertido a un sujeto político plural, con reivindicaciones y necesidades, en un sujeto de consumo.

No se trata de que las minorías de la disidencia sexual hayan dejado de tener reivindicaciones sino que unas han primado sobre otras y se han canalizado hacia la aceptabilidad heteronormativa. Si esto ha ocurrido ha sido debido a la estratificación de clase endógena al propio movimiento, donde los hombres gays blancos de clase media-alta, dentro de la lógica del gaypitalismo, han liderado la agenda LGTB. Reivindicaciones dentro del marco de tolerancia normativo y, al mismo tiempo, profunda institucionalización. Y, sin embargo, ha sido la creación del público gay como un gran sujeto de consumo el que verdaderamente le ha hecho tener presencia e importancia. No es un secreto que lo LGTB (identificado con lo gay) ha acabado vinculándose a una élite cultural urbana e ilustrada que es el arquetipo deseado e idealizado, incluso, por las personas sexodiversas dentro y fuera del campo occidental.

El capitalismo rosa es un fenómeno que nace en una coyuntura de encuentro entre la socialdemocracia liberal y las luchas por los derechos de las minorías LGTB. Como tal, está ligado al sistema político que hoy hace aguas, esto es, al sistema-mundo global cuyas contradicciones y crisis civilizatoria hoy posibilitan el surgimiento de una revolución conservadora. De alguna manera, hemos estado viviendo un “sueño rosa” muy relativo que con la crisis económica y de régimen sin duda derivará en una rearticulación de las fuerzas reaccionarias.

Si hay algo que puede impulsar una revolución conservadora es la idea de una restauración moral de Occidente. Los grandes procesos sociopolíticos y económicos se producen lentamente y solo de manera eventual estallan, como una tensión tectónica imperceptiblemente acumulada que solo en determinado momento hace surgir el terremoto. Hoy estos valores progresistas forman parte de la ideología de poder, que hace uso de ellos; pero llegará un momento en el que el actual sistema económico-político pierda su vigor y la respuesta que se dé para renovarlo requiera hacer borrón y cuenta nueva. Como siempre pasa en estas circunstancias, se trata de que todo cambie para que nada cambie. Hoy en día nadie puede negar que el proceso de desgaste político y social occidental conllevará una serie de tensiones cuya resolución pasará, si no se remedia, por una restauración de valores anteriores. Para las élites, los valores que representa Occidente son únicamente un aparato ideológico que utilizar, pero serán el chivo expiatorio para salidas conservadoras que entiendan este marco cultural, esta forma etnocéntrica de entenderse como civilización, como la causa de la degradación moral de Occidente.

Resulta problemático que las condiciones de visibilización de lo LGTB se relacionen con un estrato de población siempre blanca, con estudios, urbana y con un poder adquisitivo medio-alto. Un espacio sociológico que además es reconocible por su alto nivel de arrogancia ante otros estratos, ante los que se autopercibe como superior también por sus valores progresistas “más avanzados”. Es claro que las realidades LGTB no se agotan dentro de este espectro pero sí se ven públicamente representados por él, de ahí que la percepción social externa englobe a todo el conjunto.

Esta tendencia sitúa lo LGTB en un punto muy problemático que nos tiene que hacer pensar en la implantación real de su normalización, su aceptación y visibilización cuando queda relegado de tantos rangos sociales. El mundo rural es probablemente una de las geografías en las que peor incidencia tiene lo LGTB. La existencia del sexilio revela las condiciones adversas en las que las personas sexodiversas se encuentran en el mundo rural. A los tradicionales valores conservadores de este medio se unen las condiciones propias de comunidades pequeñas donde el anonimato es imposible y la falta de referentes LGTB dentro de la propia población. El medio rural está excluido de este tipo de avances sociales, que se perciben como algo muy lejano y sobre todo urbano.

Pero también dentro de las propias ciudades existe, aunque con otros condicionantes, toda una suma de franjas poblacionales que no siguen uniformemente la normalización sexodiversa. Esto se relaciona con una heteronormatividad muy vigente también en la gente joven y cuya influencia se reconoce en variables de clase, género o etnia. En el Estado español no existe una élite económica que también lo sea cultural pero eso no evita que se cree una élite cultural (que no ostenta el poder económico) progresista, urbana e ilustrada de clase media-alta. El proceso de norteamericanización es evidente y esto incluye expulsar de la representación y aceptabilidad lgtbfriendly a gran parte de la población, especialmente de clase obrera y sin estudios. Estas capas tan friendly son las que en buena medida tienen las mayores cuotas de representación pública, de ahí que se perciban grandes avances en cuanto a la visibilización y normalización. Sin embargo, la lgtbfobia mantiene una gran vigencia que no se agota en estos procesos de representación sino que simplemente se subsume temporalmente. La consecuencia directa es, pues, una derechización progresiva de los sectores populares que se han visto expulsados del “avance cultural” y que por factores de clase odian a quienes lo representan, entremezclando odio sexual y de clase.

Por otro lado, a nivel internacional, no hay que perder de vista la victoria histórica de los sectores conservadores en Oriente medio y en buena parte de los países musulmanes descolonizados. En la segunda mitad del siglo XX existió una pugna entre corrientes liberadoras de izquierdas y derechas que defendían conceptos nacionales y culturales bien diferentes y donde la religión era un punto de encarnizada disputa. Movimientos como el baazismo, el nasserismo o la jamahiriya potenciaron un tipo de independencia colonial de raíz internacionalista, basada en la solidaridad entre los pueblos y donde los estados fueran fuertes, separados de la religión y dando cabida a todos sus ciudadanos pluralmente más allá de sus creencias u origen étnico. En buena medida estos movimientos representaron el nacionalismo de los oprimidos en un sentido progresista que solo fue derrotado, con el inestimable apoyo occidental a sus oponentes, cuando se impuso el nacionalismo religioso y con él todos los valores conservadores que hasta entonces no eran mayoritarios. Solo en las últimas décadas el imperialismo occidental se ha encargado de arrasar los últimos vestigios de esos movimientos en Irak, Libia y Siria.

Si la experiencia de Oriente medio resulta importante es porque de alguna manera nos da la medida para conocer cómo ante una crisis civilizatoria se puede optar por una salida en clave conservadora. Es cierto que los condicionantes globales son distintos pero precisamente por esa lógica de oposición y de necesidad de fundamentar la propia esencia no se nos escapa que los sectores conservadores occidentales, que secretamente envidian el nacionalismo islámico, utilizan mecanismos similares para generar una respuesta a la crisis civilizatoria que se plantea. El discurso del choque de civilizaciones ampara ambos fanatismos y les da alas, al tiempo que comparten un mismo enemigo (la élite cosmopolita y globalista) mientras escenifican su odio mutuo. Todo proceso de oposición alimenta las tendencias polarizadores y solo en este sentido, de quienes rentabilizan políticamente el choque de civilizaciones, los integristas de uno y otro bando están encantados de retroalimentarse, siempre con los valores de progreso como rehenes.

En líneas generales considero que estos son los elementos principales que pueden llevarnos a considerar la posibilidad de una revolución conservadora a escala internacional, que se articulará de diferentes maneras en cada región y que, siendo eminentemente cultural, representará un complejo proceso de respuesta a circunstancias geopolíticas y económicas. Las políticas LGTB deben ser pensadas también desde esta perspectiva, asumiendo la puerta entreabierta que dejamos al entrar a formar parte de un determinado status quo cultural.